FUGA
"-¿Sabías que la gente sigue diciendo que tu y yo estamos locos?
-¿Que tu y yo estamos locos, Lucas?
-¡Figúrate!" (Lucas y Chaparrón, Los Chiflados de Chespirito)
Eliseo Montalbán (Benjamín Vicuña) es un compositor maldito. Su hermana muere mientras suena una melodía que después él hara suya y con eso provocará la muerte de otros de sus seres queridos. Su embrujo lo vuelve loco y se pierde sin dejar rastro. Años después, Ricardo Coppa (Gastón Pauls), un compositor fallido, se obsesiona con la obra del genio chiflado y empieza a buscarlo- a él y a su creación- como quien busca un tesoro perdido. De eso se trata Fuga, y no hay (mucho) más.
La película es una sinfonía grandilocuente pero hueca y fría, donde el plan es un esquema sumamente calculado en su estructura pero inútil en su contenido. Donde la poca materia viva parece surgir por accidente -por ejemplo con los roles secundarios de Mateo Iribarren, Luis Dubó y algunos extras enfermos del psiquiátrico-. Una película que Pablo Larraín quizás aprendió a hacer leyendo un manual.
Tomemos el obvio pero ilustrativo parangón con Amadeus de Milos Forman. Fácil, Montalbán y Coppa son ligeras variaciones de Mozart y Salieri. Dicho de manera burda, uno es el genio indiscutido, el otro el no tan genio y envidioso. Y ahí hay una clave, Fuga fue pensada de manera burda, rápida, obvia. Mientras el personaje de Mozart tenía matices, era un niño promiscuo y odiosamente risueño, el personaje de Benjamín Vicuña es un loco deja vu, repetido a lo largo de TODA la historia del cine, la literatura y hasta los monitos animados. Y si Salieri cargaba con la decadencia de un adulto derrotado por un niño, el músico argentino Ricardo Coppa carece de cualquier fantasma, de cualquier peso que nos haga entender porque es un fracasado. No hay respuestas claras, solo una historia que avanza ciegamente en el tiempo. La película recuerda a los tristes episodios de cine chileno pre 2005 -el año pasado nos entusiasmó y mimó quizás demasiado-. Fuga está más cerca del bluf de Mujeres Infieles (Ortúzar Lynch) que de, por ejemplo, la impetuosa Sábado (Bize).
Así, se podría decir que el director de fotografía Joan Littin se transforma en el eslabón que ya invitó a Pablo Larraín a unirse a la vieja generación tibia, fome e intocable encabezada por Miguel Littin, Andres Wood y Silvio Caiozzi (es más, el silencio de la prensa inmediatamente después del estreno de Fuga me recordó a la "respetuosa" tibieza que cierta crítica tiene siempre frente a los "viejos estandartes"). Pablo Larraín debió haber dicho que no.
Al cine chileno no le sobran muchas cosas, pero tipos que piensan en un cine sin quiebres y que tenemos verdaderamente un gran patrimonio por cuidar, están de más. Ya llegará el tiempo en que estemos viejos y puedan poner las películas de nuestra época en escalafones. Hoy se necesita alguna otra cosa.
"La concepción de cine que tenía La Nueva Ola Francesa combinaba dos pilares fundamentales: películas y crítica. Creo que después de eso, no tiene sentido divorciarlas nunca más"(Luis Caseira)




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